Zarpamos con el Aita Mari

Zarpamos con el Aita Mari

Conscientes de que mientras no se resuelvan las problemáticas en los países de origen y, sabedores de cuál es el ‘modus operandi’ de las políticas europeas, es necesario continuar con las misiones de rescate en aguas de la zona SAR del Mediterráneo central.

Zarpamos con rumbo abierto. Contamos con el instrumental adecuado que nos guía al Mediterráneo a bordo de este viejo atunero transformado en buque de salvamento rescatado del desguace.

La tripulación del Aita Mari es una amalgama de experiencias, saberes y orígenes con el denominador común por desear encontrar lo que en la profundidad de sus almas preferirían no encontrar: auxiliar a precarias embarcaciones atestadas de PERSONAS.

Personas que sólo encuentran esa forma de emprender camino a un posible futuro, huyendo de la guerra, el hambre o la opresión.

Personas a la deriva en situaciones extremas y con bajísimas posibilidades de acabar con vida.

Personas que viajan en minúsculas txalupas o pateras; a veces simples balsas tan pequeñas que radares o gepeeses no llega a detectarlas…

Entre la tripulación, miradas van y vienen surcando olas en el horizonte, aunque la voz de alarma suele llegarnos de tierra:

“¡Posible embarcación en tal posición!…”

Ubicamos las alertas en los mapas que compartimos y forzamos las miradas; dos realidades que se alimentan de esperanza. Llega el momento de proceder al acercamiento, previo aviso a las autoridades pertinentes.

Estamos cerca, cada vez más cerca. ¡Ya forman parte de nuestro campo visual!
A veces el mar y el viento son aliados. Otras veces adversos.
En estas circunstancias, siempre son adversos.

Están ahí. Hace cuatro días partieron. Engañados. Dejados a su suerte.
Cuatro días y cuatro largas noches, oscuras, húmedas y frías.
Sin posibilidades físicas de movimiento.
Sin intimidad. Sin agua ni comida.

En ocasiones, con las palmas de las manos y los pies quemados; dura reacción la que juntos producen gasolina y agua salada.

Paradojas de la vida, una más: NO podemos iniciar el rescate sin previo permiso de las autoridades. La precariedad de lo que ven nuestros ojos no permite más demora…

El tiempo corre, la paciencia se agota.
Son vidas humanas las que siguen en juego y el riesgo aumenta cada minuto que pasa.
Decidimos iniciar el rescate; quizá después lleguen broncas, multas y sanciones.
Da igual; una sola vida es más importante. Mucho más.

El Aita Mari se coloca a una distancia suficiente; hay que evitar que las personas se lancen al agua para poder llegar al barco nadando o flotando.

Lanzamos una lancha con nuestro personal y un primer acercamiento a la balsa estima las primeras cifras:

“¡Son unas 80 personas!”

Personas que han invertido sus “fortunas”.

Personas hacinadas; niñas y niños, hombres y mujeres; algunas de ellas embarazadas.

Personas que huyen de Libia, de las torturas, de la explotación, de la impunidad.

Personas que viajan con el miedo en sus miradas.

Han pagado desde 800 a 2.000 euros para amontonarse en una barca. Si les preguntáramos, no sabrían ni de que playa partieron; la mafia les llevó a una de madrugada hace cuatro días, escoltados por la policía libia.  

Parten con motores fuera borda de 40 caballos y la gasolina justa para llegar a aguas internacionales, donde los traficantes saben que habrá barcos de rescate.

Abdul, joven guipuzcoano con orígenes y conocimiento de lengua africanas, es quien comienza a comunicarse con ellos. Su primera misión es tranquilizarles:

“Os vamos a rescatar, vamos a hacerlo en orden, tranquilos, no vais a volver a Libia”…

Esto último disminuye el estrés y la ansiedad. Les resulta aterradora la posibilidad de regresar a su punto de partida. Saben cuál sería su destino.
Es terrible: Todas las mujeres saben que volverán a ser violadas…

La cubierta del Aita Mari se queda pequeña para tantas personas. Ropa, agua, mantas, ducha y comida es lo mínimo que les podemos aportar. Un pequeño habitáculo del barco cumple la función de enfermería para aquellas personas que el médico de la tripulación comienza a tratar.

Tenemos la proa hacia tierra, pero ahora sí, es inevitable esperar a que el gobierno correspondiente, según se encuentre nuestra ubicación, autorice a proceder con el  desembarco. Seguirán pasando horas, días, quizá semanas hasta obtener dicho permiso.

Esta ochenta personas han conseguido su objetivo: YA están en Europa.

Es el momento de la despedida.  

Satisfechos con la misión realizada, la tripulación comienza a enfrentarse con nuevas dificultades. Antes, era la presión jurídica la que nos ponía en jaque…

Afortunadamente, éste era un camino de corto recorrido: La legislación internacional no avala. Ahora, la presión jurídica se viste de presión administrativa; un camino mucho más dificultoso, tortuoso, costoso y caro.

Y en ello estamos. Solventando todos los requisitos y mejoras a implementar al barco, por muy absurdas y desubicadas que puedan parecer. Porque mientras sea necesaria la activación social, VAMOS A ESTAR AHÍ.

Y esperamos poder hacerlo con tu apoyo, para que tú también estés en el barco desde tu hogar, ayudando a TRANSFORMAR la vida de las PERSONAS.

Creemos en las PERSONAS.
Creemos en un desarrollo justo y sostenible.
La sociedad tenemos que estar ahí:
nergroup hará lo posible por seguir estando ahí.

(Relato elaborado por miembros del Equipo de Compromiso con la Sociedad de nergroup tras conversaciones mantenidas con personas a bordo del Aita Mari)

Aita Mari